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Constantemente mecida entre la leyenda y la historia, entre la ciencia y el misterio, la gruta conserva un aura caracterizada por un temor sagrado de memoria ancestral que tal vez tenga su origen en el primer ser humano que se puso a cobijo bajo una roca. Un mundo oscuro, desconocido, hogar de entidades tan terribles como misteriosas, las cavidades subterráneas han ocupado un lugar interesante en la cultura humana, condicionando profundamente los comportamientos del ser evolucionado.
El ser humano ha conferido a la caverna connotaciones que en ocasiones la han divinizado y en otras la han satanizado: así, este espacio se ha convertido en un lugar de transición, casi en un camino iniciático que debe recorrerse para pasar de un nivel a otro, de un mundo a otro. Divinidades, monstruos, demonios y otras criaturas —hombres salvajes, brujas, hadas y gigantes, pero también ascetas, santos y eremitas— han hallado su hogar en las cavernas. El hombre ha transformado luego esta extraña dimensión poblada de presencias sobrenaturales en una especie de santuario, un lugar dedicado a las prácticas culturales, fueran cuales fueran las religiones de referencia.
Cuando los cazadores del Paleolítico cubrieron las paredes de las grutas con espléndidas escenas de caza, convertidas en referentes de la historia del arte occidental, iniciaron un proceso de culto de la caverna que no se ha detenido y que ha seguido profundamente grabado en los arquetipos de nuestra cultura religiosa. Un gran sentido de lo sagrado caracteriza todavía hoy el interior de las grutas, en las que se habla de apariciones, manifestaciones milagrosas y otros fenómenos sobrenaturales vinculados a la relación hombre-divinidad.
Las cavernas, por tanto, desde la más remota Antigüedad han sido entornos dedicados a las divinidades. Poco ha importado el aspecto de la criatura divina, el ser humano no ha tenido nunca dudas a la hora de ubicarla en esta cueva natural de piedra que, por su morfología tan específica, se presta muy bien a albergarla.
En la tradición esotérica, la gruta y el útero materno han sido puestos en relación en varias ocasiones. Comparados en el seno del mecanismo ritual de la religión, encontramos alusiones a este tema en muchas otras manifestaciones culturales, desde el auténtico culto hasta la superstición. El entorno subterráneo, con su conjunto de signos femeninos, ofrece al hombre, primero en el plano psíquico, la posibilidad de reencontrarse con una dimensión de pureza primitiva.
Las cavernas de Mitra y de Cibeles, las catacumbas, las iglesias troglodíticas son símbolos concretos de renacimiento y llevan en su seno la esencia de la evocación de la divinidad, percibida como herramienta necesaria en todas las formas de religión, en las que la tensión entre la vida y la muerte constituye la energía de cualquier ritual.
Este vínculo con el tema de la entrada en la gruta, entendida como una experiencia destinada a conducir al conocimiento, halla en el cristianismo una expresión particular, concretamente en la redacción del Apocalipsis por San Juan Evangelista. Todavía hoy, en la isla de Patmos (Grecia), puede verse la supuesta gruta del Apocalipsis, transformada en una pequeña iglesia ortodoxa, en la que Juan recibió de Dios el mensaje alegórico.
En la cultura hebrea, la gruta es también un espacio relacionado con valores positivos, una dimensión que conduce a la purificación del espíritu y del cuerpo. En el Génesis, por ejemplo, la cueva de Machpelah aparece descrita como el paraíso terrestre en el que se conservará la esencia primitiva del bien. Sin embargo, el cristianismo expresa todas las potencialidades relacionadas con el valor positivo de la gruta con el nacimiento de Jesús en Belén, subrayando claramente un mecanismo simbólico que durante milenios ha marcado el lugar, atrapado entre lo sagrado y lo profano, entre lo terrestre y lo divino.


alegoría de la gruta

Alegoría del simbolismo alquímico de la caverna

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